viernes, 6 de noviembre de 2009
Son las 11:05 de la mañana y el desfile de un mar de gente que dirige sus pasos al panteón del Carmen es evidente. Siento transportarme a una realidad alterna, después de cruzar el puente que permite el cruce de las vías, allá por el patio de trenes aledaño a la colonia Vicente Guerrero. Los márgenes del panteón se aprecian a lo lejos. Entre más me acerco, el penetrante olor a flores típicas de la fecha acecha mis sentidos.
El consuelo de pasar a una mejor vida es realmente tentador en últimas fechas. Y cómo no, si entre influenza, crisis y aumento a los impuestos, el burlarnos de la muerte funciona como un perfecto aliciente…
La esperanza de la resurrección…de una vida que no transcurrió en vano. La muerte es el destino inexorable de toda vida humana y es natural que nos asuste y angustie su realidad, sobre todo cuando vemos de cerca el peligro de morir o cuando afecta a nuestros seres queridos. La muerte, un tema tan sensible y a la vez tan cotidiano, que tiene un trasfondo mucho más complejo de lo que muchos imaginaríamos. Costumbre milenaria que representa hoy en día el mestizaje del pueblo mexicano y español, en el que no sólo mezclaron sus genes, sus comidas y sus lenguas, sino también sus religiones y sus fiestas.
Día de Muertos, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO el 18 de noviembre de 2003, es hoy el arquetipo de la fiesta mexicana. El mito, dice Edgar Morín, da sostén al recuerdo, al culto, al antepasado, es decir, actúa como soporte de la identidad colectivo-individual.
Capaz de infundir uno de los miedos más profundos en el hombre, la muerte es venerada y a la vez satirizada en la cultura del mexicano, siendo el 2 de noviembre el hito de celebración propiamente dicha.
Los puestos de flores de múltiples colores se enfilan en las afueras del panteón. La gente, trae cachuchas y sombrillas que apacigüen el inclemente resplandor del sol. Mientras, los carros avanzan a paso lento al interior del recinto donde descansan los muertos. Cempasúchil y gladiolas adornan tierra santa, tumbas blancas que emulan un campo de estrellas de mármol.
El calor empieza a sentirse en los poros de la piel muy a pesar de la brisa, ligeramente fría, que deja ver que hasta el cielo está de luto…
Un largo pasillo divide al panteón en dos alas; dos secciones que representan dos mundos completamente antagónicos entre sí. Uno de ellos, en donde se encuentran lápidas sencillas, a ras del suelo, de la tierra roja que llama mi atención. En donde la esencia de una verdadera celebración de la vida al rendir honor a la muerte se hace translúcida a los ojos de los mortales. Las flores se enorgullecen de tal algarabía, sus colores se reavivan, dejando atrás cualquier prejuicio. Ellas no saben que adornan tumbas humildes, de gente que alguna vez perteneció a un sector de la sociedad que se ve relegado por las intemperancias del destino.
En la otra sección, saltan a la vista apellidos rimbombantes como Betancourt, De la Peña, Rocha, entre muchos otros. Resulta irónico que son estos nichos los más olvidados, faltos de amor y cuidados. Una vez más queda comprobado que el dinero y el poder no son sinónimos de felicidad a largo plazo. Producto de la idiosincrasia, son las clases populares las más entregadas, las más fieles al sentido de compromiso, que va más allá de las barreras de la muerte misma...
El calor que se siente emana de los corazones de cada uno de los visitantes. De cada miembro de todas aquellas familias que se dan cita para limpiar las tumbas de sus seres amados. Entre rezos y largas letanías; entre música de banda o de trío, se ameniza el encuentro entre vivos y muertos.
En una de tantas lápidas, una familia numerosa se reúne a su alrededor, y juntos se reparten las tareas a cumplir. Unos detienen una enorme sombrilla por turnos; los más pequeños juegan a llenar botellas con tierra, otros por su parte no pueden evitar dejarse llevar por la música de fondo y “marcan pasito duranguense”.
Un fugaz escalofrío recorre mi cuerpo al topar mis ojos con una tumba poco común, adornada con dulces. Yoselin Alejandra es su huésped. Murió el 5 de septiembre de 2005, y al tener sólo esa fecha labrada, infiero que murió siendo apenas una recién nacida. Hubo quien no aguantó la tentación y engulló uno de los chocolates que servían como tributo – probablemente un niño que inocentemente cometió la travesura – . Mi mente viaja por fracción de segundo. Dilemas hipotéticos acechan mi cabeza. ¿Cómo sobrevivir a la muerte de un hijo? Cuando el curso natural de la vida se ve violado y no queda más que aprender a lidiar con el dolor. Es en ese momento precisamente en el que leyendas grabadas con profunda adoración como la de “Te amo Abue! ♥” , aunado al suave coro de Amor Eterno ♪♫ conmueven mi alma hasta lo más profundo.
Al fondo se escucha la banda: trompetas, tarola, tambora y platillos. La familia baila con el son de dichos instrumentos, entonan las canciones que más disfrutaba Don Héctor, acompañados de un trozo de caña – claro, no podía faltar – que el jefe de la familia repartía gozoso. Incluso un bebé es parte de la celebración, la abuela lo sostiene mientras lo mece al ritmo de la música.
Las tumbas más recientes resaltan por su extravagante decoración. Al parecer, el mexicano embellece su dolor, y disfraza con risas su más profunda tristeza. El mezcal resulta ser un buen compañero de duelo y el aire se reviste de una peculiar picardía.
El culto a la muerte fue uno de los elementos básicos de la religión de los antiguos mexicanos. Creían que la muerte y la vida constituyen una unidad. Para los pueblos prehispánicos la muerte no es el fin de la existencia, es un camino de transición hacia algo mejor. Hoy, la muerte se abraza, como la meta a la cual todos hemos de llegar, siendo sin embargo, lo más importante, el camino que recorrimos para llegar honrosamente a ella. Es el 2 de noviembre en efecto, ¡una fiesta digna de celebración!.
Etiquetas: Aires de Reportera, Divagación Extrema, Ironías de la vida





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